Las mascotas exóticas pueden perjudicar el medio ambiente. Mantén a los animales en sus respectivos hábitats.

Las mascotas exóticas pueden perjudicar el medio ambiente. Mantén a los animales en sus respectivos hábitats.

Las mascotas exóticas pueden perjudicar el medio ambiente. Mantén a los animales en sus respectivos hábitats.

«La verdad es que el varano de la sabana era espectacular, normalmente siempre solemos tener alguno porque son animales preciosos y nos encantan». «Vendo pareja de pitón regius por 250 euros, con sus taper y sus mantas térmicas, los dos son reproductores, también los cambio por pareja de petauro del azúcar». «Disponemos de caracol africano gigante, haz tu pedido y conoce a todas nuestras mascotas». «Vendo pareja de suricata reproductora, muy buena para criar, cada camada de cuatro a seis crías». «Quiero adquirir una nueva mascota, estaba pensando en algo exótico y, después de barajar muchas opciones (serpientes, hurones, armadillos), he llegado a la conclusión de que el mapache es la respuesta definitiva por su mezcla de exotismo, belleza y curiosidad». A pesar de que muchas de estas especies están incluidas en el catálogo de invasoras y, por tanto, prohibidas, buscando en internet puede encontrarse una extensa oferta en portales de segunda mano. La red se ha convertido en un lugar de mercadeo masivo de animales que se compran, venden e intercambian con total impunidad.

Pero por mucho que nos empeñemos, un varano no es un animal de compañía, ni tampoco una pitón, ni los mapaches, lémures, suricatas, iguanas, cotorras y demás fauna que se ha puesto de moda. La principal razón por la que nunca deberíamos tener criaturas salvajes como mascotas está relacionada con su bienestar, no están domesticadas y han evolucionado para vivir en sus ecosistemas naturales, pero, evidentemente, cuando los adquirimos, esto ni nos lo hemos planteado.

Con la convivencia llega el desencuentro, los animales crecen y el bebe mapache alcanza los 20 kilos y, además, se ha vuelto agresivo; el suricata no es el peluche que nos habíamos imaginado, requiere cuidados muy complejos y una alimentación variada, que es carísima; las tortugas tienen un olor muy desagradable; las exóticas cotorras de Kramer o argentinas no son adornos silenciosos dentro de sus jaulas, son muy molestas, y muchos propietarios las sueltan para librarse del tremendo griterío que provocan en las casas.

La otra cara de la moneda es la aparición cada vez más frecuente de ejemplares exóticos en los entornos más insospechados: varanos de la sábana en jardines urbanos de Cataluña, pitones reales en áreas recreativas, como en la presa de Las Niñas, en Gran Canaria, una piara de 14 cerdos vietnamitas en libertad establecida en la zona de la desembocadura del río Gállego, mapaches en una playa asturiana o coatíes en la Serra de Tramuntana.

Unos 300.000 animales son abandonados cada año en España, y a las mascotas domésticas -perros y gatos- se suma un número creciente de especies exóticas, algunas de ellas invasoras. Pero amenazar la diversidad biológica nativa, ya sea por su comportamiento invasor o por el riesgo de contaminación genética, no es el único problema que ocasionan, estos animales pueden ser portadores de enfermedades y vectores de patógenos que afectan a la salud humana. Uno de los casos más destacables es el del caracol gigante africano (Achatina fulica), un molusco exótico de gran tamaño que alcanzó una gran popularidad como mascota, este gasterópodo terrestre está reconocido a nivel mundial como el principal vector del parásito Angiostrongylus cantonensis, causante de la meningoencefalitis eosinofílica en humanos. Actualmente, está prohibida su cría y tenencia como mascota en numerosos países, entre ellos España, y la especie se encuentra incluida en la lista de las 100 invasoras más dañinas del mundo, de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza.

Otra de las plagas invasoras provocadas por el mascotismo es la de las psitácidas, destacando la de la cotorra argentina (Myiopsitta monachus) y la de Kramer (Psittacula krameri), con poblaciones que crecen exponencialmente, instalándose cada vez en más núcleos urbanos.

Las primeras han comenzado a salir de las ciudades, arrasando cultivos agrícolas, y las segundas, muy agresivas, están peleando por ocupar su espacio, desplazando y eliminando a especies autóctonas. Uno de los casos más sonados es el de Sevilla, donde los investigadores de la Estación Biológica de Doñana (CSIC) han alertado de que las cotorras de Kramer son una amenaza para la mayor colonia de nóctulo gigante (Nyctalus lasiopterus), un murciélago vulnerable que vive en el Parque de María Luisa, llegando a matarlos en su lucha por ocupar las cavidades de los árboles. En 2013, se prohibió en España la tenencia y venta de ambas especies, pero el problema ya estaba descontrolado y era como poner puertas al campo.

Muchas psitácidas, como el lorito senegalés (Poicephalus senegalus) una especie muy vendida en España que no se considera invasora, está empezando a formar parte de la fauna urbana, nidificando en algunas ciudades, y no es la única, quizás cuando se quiera atajar su expansión ya sea demasiado tarde. Paradójicamente, al tiempo que en los lugares de destino se convierten en plaga, en los países de origen sus poblaciones experimentan importantes descensos debido a su demanda como animales de compañía.

Cerca de un 30% de las especies de aves psitaciformes (loros, guacamayos, cacatúas, papagayos, periquitos o cotorras) se encuentran en estado crítico de conservación, situándose entre los grupos de aves más amenazados del planeta, y el comercio ilegal internacional de mascotas es una de las principales causas de su declive.

Asimismo, en muchos países, como Estados Unidos, es legal poseer un tigre, pero, como no son peluches, cuando crecen los dueños se deshacen de ellos, el resultado es que actualmente hay más tigres viviendo en cautividad en EEUU de los que existen en estado salvaje, donde están en peligro de extinción.

Hay personas que pagan precios altísimos por poseer un animal exótico, y cuánto más rara es una especie más codiciada es su posesión, lo que alimenta prácticas muy perjudiciales que terminan generando graves impactos en los lugares de origen y destino. El tráfico de especies animales es el tercer negocio más lucrativo en el mercado negro del mundo, y gran parte del problema se solucionaría si no tuviéramos criaturas salvajes como animales de compañía porque, aunque nos cueste reconocerlo, nuestro amor por los animales es solo un capricho, los tratamos como si fueran un objeto de nuestra propiedad, con el que hacemos lo que nos parece más conveniente, obligándolos a vivir en entornos inadecuados y hostiles, limitando su libertad, generándoles dependencias y, cuando no responden a nuestras expectativas, lo más frecuente es abandonarlos, trasladando el problema a la sociedad y al medio que nos rodea.

El mascotismo de animales exóticos causa un doble daño ambiental: por un lado, provoca la disminución de ciertas especies en sus lugares de origen, en especial las amenazadas, afectando negativamente a la biodiversidad, y por otro, pueden provocar invasiones, ya que algunas de las mascotas abandonadas consiguen adaptarse, pudiendo desplazar a las especies autóctonas.

Una de las especies que se introdujo, alegremente, como mascota fue el galápago de Florida (Trachemys scripta). En España se importaron millones de estos animales en los años 90; cuando las tortugas crecían -pueden llegar a pesar un kilo y medir unos 17 centímetros-, comenzaron a soltarse en lagunas, charcas, estanques o embalses, generando un impacto en la biodiversidad muy preocupante. Lo más común era liberarlas cerca de las zonas húmedas; en Mallorca, en el área de la Albufera, lo que ha afectado negativamente a dos tortugas autóctonas: el galápago europeo (Emys orbicularis) y el galápago leproso (Mauremys leprosa), que han perdido terreno frente a un competidor más voraz y resistente.

Otras de las especies exóticas que nos podemos encontrar en Mallorca son el mapache (Procyon lotor) y el coatí (Nasua nasua), que campan por la Serra de Tramuntana y, sin depredadores conocidos, han logrado reproducirse en la isla.

Pero el abandono de los animales de compañía tradicionales, como gatos y perros, también provoca problemas ambientales, especialmente graves en el caso de los felinos, y numerosos estudios de seguimiento realizados en países de todo el mundo confirman la amenaza que entrañan para la fauna autóctona salvaje. El gato es un depredador y, cuando vive libremente, caza aves, reptiles y pequeños mamíferos, curiosamente, no siempre para comérselos pues, en ocasiones, se limitan a matarlos y abandonarlos; el impacto se acentúa cuando se asilvestran e invaden el medio natural, sobre todo en las islas.

Una investigación realizada durante dos años en la isla Le Levant, en la Costa Azul francesa, que puede extrapolarse a otras donde hay gatos y especies endémicas, estudió la dieta de los felinos que viven de forma salvaje porque fueron abandonados en el campo, constatando que la pardela mediterránea (Puffinus yelkouan) se había convertido en el componente principal de su dieta. Estimaron que los gatos podían ser responsables de la muerte anual de entre unas 800 y 3.200 aves, lo que podría acabar llevando a la extinción de las colonias.

La pardela anida en el suelo -dentro de pequeñas cuevas- y sus estrategias de defensa son limitadas, debido a que históricamente no ha evolucionado en presencia de depredadores. En una de las colonias de pardela balear más amenazadas, la de la Mola de Maó (Menorca), se han encontrado en los alrededores de las cavidades numerosos cadáveres de este ave depredados por gatos. En Formentera y en algún punto de la costa norte de Mallorca también se ha visto la gran incidencia de este predador sobre diferentes especies de aves.

En Navidades se dispara el consumo de animales de compañía como regalo, aunque puedan acabar siendo regalos envenados. El negocio del 'mascotismo', sobre todo de especies salvajes exóticas, existe porque hay un público consumidor que las pide, por lo que para ponerle freno hay que actuar sobre la demanda, y la educación ambiental es clave. Gran parte del comercio de especies silvestres y sus derivados es ilegal, sólo una pequeña parte se realiza por cauces legales, y la sociedad todavía no es consciente del impacto que está provocando en la flora y fauna en los países de origen y en los de destino.

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